«Saints Row IV» – Crítica

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Saints Row IV
Volition
PC / PS3 / Xbox 360

 

«Santos seréis porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.»

Con The College Dropout (2004) Kanye West inició (oficialmente) su carrera artística apartándose de lo que el hip-hop era en aquel momento y alejándose de la imagen de gangsta default predominante en este tipo de música, adentrándose en nuevos temas a explorar (religión y fanatismo, consumismo y materialismo, trabajo y familia y sexo y vida corriente) y sobre los que opinar a través de la misma libertad y enfoque transgresor que acarreaba el género. Su éxito logró reafirmar a West en sus convicciones, y le sirvió para hacer de Late Registration (2005) una exhibición de las virtudes que tenía que ofrecer; de ofrecer, a través de referencias internas al hip-hop e intrumentos externos, una nueva forma de entender el género al mundo; un mundo abierto que cuestionar por sus problemas de pobreza, de tráfico de drogas y deshonestidad en general. Saints Row comenzó su andadura en 2006.

Su Graduation (2007) como artista conllevó lo que suele suponer el apoyo público y aceptación popular: la introspección y duda, la búsqueda de nuevas posibilidades para llegar a más gente, asegurando cada paso para seguir fiel a sus ideales (aún más, si cabe). Más simple, más directo, más consciente de sí mismo y, por ello, más universal. Pero la introspección también conduce a la depresión, al dolor ante lo que se encuentra dentro, los remordimientos de culpa que por no aceptarse y por ser la única forma de liberarlos, se lanzan de nuevo al exterior. Debido a esta alienación puedes hundirte y perderte para siempre o salir reforzado ganando en seguridad sobre tu potencial. Todo esto se llamó 808’s & Heartbreak (2008), el cuarto álbum de Kanye West. Ese mismo año aparecía la segunda entrega de Saints Row.

Con espíritu renovado y fuerzas como para comerse el mundo (de nuevo) su My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010) no fue otra cosa que una persecución del Sueño Americano a través de la sociedad de consumo. Criticaba la decadencia de la grandiosidad y el exceso, sexo y drogas a través del propio exceso. Pretendía el poder arrollando todo cuanto se interpusiera en su camino. Rozaba el cielo impulsándose sobre las cabezas de los cuerpos rutinarios fijados a la tierra. Cuestionaba la fama disputándose el trono con su coetáneo. Reafirmaba su egotismo a través de la ridiculización de lo ajeno. Hablaba del hombre de hoy llevado hasta el límite, y de cómo traspasar el límite, dejar de ser hombre para convertirse en otra cosa, es la única forma de alcanzar lo anterior. Querer más era más. Saints Row: The Third aterrizó en 2011.

Y una vez convertido en Dios Todopoderoso (en uno de los muchos) solo queda ponerse algo oscuro y experimentar con el mundo que se arrodilla ante ti. Experimentar con la disonancia y el caos. Experimentar con un mundo utópico creado por y para nosotros; del que somos centro gravitatorio. Vivir en el descontrol que ansiábamos sabiendo que el paraíso a nuestros pies pronto se derrumbará y explotará ante la venida de un Dios mayor: el Dios del Tedio, el Dios de la Madurez, el Dios de la Tecnología o simplemente el Dios sin artículo que le preceda. Pero en Saints Row IV no somos Yeezus (2013), siguiendo la ascendencia lógica que Saint’s Row: The Third nos proponía, sino el Presidente de los Estados Unidos de América de un planeta Tierra simulado en el que estamos atrapados y, al contrario que descontrolados, totalmente restringidos.

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Tarantino habla de la violencia desde la violencia (si quieren les hago un paralelismo también con su filmografía, pero ustedes no quieren y yo, sinceramente, ahora tampoco). Kanye West habla del ego desde el ego. Ambos usan, para sus creaciones, referencias que bien podrían tomarse como homenajes (porque hay cariño y pasión por las artes) pero que van más allá del sampleo o la estética prestada; construyen sobre y a partir de ellas, desvirtuándolas, transformándolas y nunca (nunca) regurgitándolas. Saints Row IV comienza (y por comienzo me refiero a sus dos-tres primeras horas, dependiendo de lo torpe que se sea) de la mejor de las maneras, desarrollando una comedia épica tremendamente pulida, hilarante a cada minuto, potente con cada detalle: ambas cosas con el uso de canciones que ridiculizan y dan fuerza, a la vez, a nuestras acciones (muy en la línea del I need a hero en Saints Row: The Third), y asentada al mismo tiempo sobre nuevas ideas y esas viejas referencias (casi como un ejercicio de archivología). Cuando en una de las primeras misiones eres un Hulk afroamericano con sobrepeso que hace el baile del pollo de Arrested Development (el de Gob Bluth, por concretar) para fardar, atrapado en una sitcom ambientada en los 50 residenciales, con vecinos que te saludan como Ned Flanders y una lucha a muerte contra el sheriff del lugar que sucede en la plaza de la Torre del Reloj de Regreso al Futuro, sabes esto. Claro que también sabes que será difícil no ya mantenerlo (porque SR: The Third lo hacía perfectamente), sino dar más que eso. Porque no somos Dios, no, y aquí no hay ni misericordia ni comprensión ni entendimiento, somos el Presidente de los Estados Unidos, muy pronto el SuperPresidente de los Estados Unidos, con poder(es) y ambición, y siempre vamos a querer más, y nunca va a ser suficiente.

En Saints Row IV no existe Steelport; no existe ciudad caja de arena. Literal y figuradamente. En Saints Row IV solo estamos nosotros y nosotros mismos con unos cuantos adoradores de lo que somos, sobre un plano de edificios que podemos ver raso a nuestros pies si saltamos lo suficiente. Deambulamos por una ciudad siempre nocturna (¿O no? Casi veinte horas de juego y puedo asegurar no estar seguro de si alguna vez sale el sol) de la que paradójicamente, ahora que nos pertenece, ya no formamos parte ni nos importa. Solo estamos nosotros, pero estamos en otro lugar. Y no es que esto sea malo per se: explorar el género sandbox, cualquier género, no se le debería reprochar a nadie. Convertir los coches que antes utilizábamos como herramienta en arma (y dejar impregnados en ellos un poco de ese placer de conducción, para el que lo quiera), reducir aún más a los transeúntes a muñecos de trapo, llegar de un salto a la azotea de un edificio cuando antes nos hacía ilusión escalarlo aprovechando las ridículas habilidades físicas de nuestro personaje y algún que otro glitch, convertir esa ciudad que parecía inmensa en pista de carreras o desvirtuar la tenacidad de la policía ante nuestro nuevo poder y la llegada de un enemigo capaz de hacernos (y tampoco) frente siempre son cosas bienvenidas, pero Crackdown ya durmió antes en esta casa. Sí existe, al menos, un mayor equilibrio que en, digámoslo por enésima vez, Prototype; sobre todo por obligarnos (el juego, que no la ciudad) a poner los pies en el suelo de vez en cuando, a pasar por diferente altitudes y darnos una bofetada ocasional. Pero no el equilibrio suficiente. Lo que en Saints Row: The Third era lirismo cafre, violencia poética, en Saints Row IV es fuerza bruta, velocidad rápida, destrucción masiva, chistes graciosos, saltos saltadores, nada nada y traje traje. Es así durante nuestra caída, de la que nos precipitamos desde el mismo momento que cogemos impulso y empezamos el juego, aunque no seamos conscientes de ellos hasta que toquemos tierra. Y de la prontitud de que esto último ocurra y la capacidad para amortiguar el golpe solo dependerá lo mucho que se nos haya subido el poder a la cabeza.

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Saints Row IV da unos tímidos pasos (grandes zancadas si lo comparamos con el resto de videojuegos, a los que también intenta educar mostrándoles el camino correcto y las formas) en este aspecto, tiene inventiva y la capacidad de sorprender en ciertas misiones, de pervertir los códigos del videojuego y al mismo tiempo demostrar su amor más sincero, de arremeter con la parte metafórica de «lo extraterreste» y convertir una ciudad entera en terreno invadido por ellos solo porque mola, de provocarte la carcajada cuando giran la esquina cuatro perritos calientes gigantes muy serios, muy fuertes, y se bajan del coche de la banda para ayudarte a patear culos, e incluso posee un acertadísimo modo de conjugar todas las variantes enajenatorias posibles a través de varias (nuevas) actividades para que te líes a hostia limpia, sin límites; pero este mismo párrafo ya lo escribí hace dos años, y pisar donde ya había huella (y del mismo zapato) no crea una nueva, si acaso hace perder un poco la fe en que pueda dar el siguiente paso sin tropezar. Porque puede que las variantes enajenatorias no sean las suficientes en esta ocasión, puede que ya no sepamos divertirnos siendo el presidente de un mundo irreal, puede que jugar a ser Dios tenga que ver más con el hecho de jugar y menos con la entidad divina, puede que seamos nosotros los que no estemos ya para jueguecitos, o puede, solo puede, que nuestro chico necesite madurar o demostrarnos de una vez por qué no necesita hacerlo.

 

3 opiniones en “«Saints Row IV» – Crítica”

  1. Qué brutalidad de crítica.
    Decía el Doctor Manhattan «estoy cansado del mundo, de la gente, estoy cansado de involucrarme en la red de sus vidas».

  2. Me ENCANTAN tus criticas, me parece que estan muy bien escritas y entendes el mundo de los videojuegos como pocos, habiendo dicho esto, esta critica es horrible, porque te la pasas hablando de un rapero que ni se quien es, en vez del juego?

  3. Pues gracias y ya lo siento. Hablo de Kanye West porque me pareció la manera más sencilla (o natural) de presentar el camino que ha seguido la saga Saints Row y, al mismo tiempo, por qué al diferir en esta última entrega del camino lógico los de Volition se pasan de frenada.

    Creo que tal y como está no necesitas saber quién es Kanye West para entender y ver que lo mismo se aplica a Saints Row, aunque conocerle, claro, le otorga una dimensión más. De todas formas, para remediarlo están esos otros tres largos párrafos.

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