Llevo unas semanas sin jugar. A juegos mastodónticos, digo. A Triples A de sesenta horas. Una necesaria desintoxicación del medio aprovechando los meses de verano, que siempre vienen mal para sentarse delante de una consola en vacaciones. Ya, la mayoría de la gente aprovecha las vacaciones para acabarse diez mil juegos que tenía pendientes, pero yo he aprovechado que Games se ha pasado casi cuatro meses sin salir, entre vacaciones de la Redacción y decisiones de la cúpula de Zeta pasando la publicación a bimestral (revistas de actualidad sobre videojuegos que salen cada dos meses: podríamos llamarlo «tendencia» si no fuera porque encaja más el término «cagada») para respirar hondo y dejar de jugar. Al menos, a juegos grandes. Nadie me quita ocasionales partiducas en dispositivos móviles, una interminable partida procrastinadora a The Binding of Isaac y, cómo no, unos cuantos devaneos con la Vita, cuyo catálogo estoy explorando con mucho gusto. Mi adicción veraniega a Luftrausers y OlliOlli me hace pensar también en un ligero cambio de paradigma en mi vida como jugador: la búsqueda de experiencias mucho más intensas y mucho más breves.
No hablo de una necesaria casualización de mis gustos, de una deriva hacia los clones del Angry Birds porque me viene mejor jugar en el metro que en el sofá. Sigo jugando en el sofá. Y quien haya probado los dos citados indies de Vita sabrá que son experiencias muy lejos de estar pensadas para todos los públicos. Sí que puede que derive de una serie de cambios en mi vida, que sencillamente ahora tengo menos tiempo para jugar a lo que me gusta jugar (porque por obligación sigo jugando a los mastodontes), y prefiero experiencias cerradas, partidas con principio y fin, ir avanzando en juegos que me desafíen muy fuerte, que pueda pasar semanas sin avanzar más que pasito a pasito. Estoy encontrando la satisfacción en los pequeños progresos, en cargarme un trolebús marítimo en Luftrausers después de varios días intentándolo, no en jugar diez horas seguidas para zamparse doce niveles a toda prisa.
No sé hasta qué punto, junto con el mío, está cambiando el paradigma de la industria con los videojuegos después de que móviles y tablets hayan abierto una brecha que, definitivamente, está tomando un camino distinto (más lucrativo, al que están saltando muchos estudios, pero decididamente con otros objetivos, recursos e intenciones) al de la industria tradicional. Creo que por una parte, esos juegos instantáneos y olvidables algo han contaminado a los de toda la vida, porque las partidas rápidas ya no son sinónimo de accesibilidad o vulgaridad. De hecho, lo que ahora se me antoja vulgar es deambular como un borrego por escenarios desolados en busca de una puerta que parpadee, o pulsando X cada vez que me encuentro con un secundario sin alma para que me suelte una soplapollez pretendidamente «ambiental» o (ju, jurl) «extravagante», que para lo único que sirve es para que yo resople y me rasque la calva. Lo he experimentado con una reciente partida a Lego Batman 3 en Vita, un juego, una franquicia que tiene todas mis simpatías, pero oiga, no: nunca me pareció especialmente emocionante recorrer escenarios inmensos rompiendo todas las mesas del escenario, pero ahora menos que nunca. Es más, también probé Gravity Rush, y aunque entiendo el entusiasmo y los elogios, me cuesta establecer un diálogo con mi yo del pasado, el que también se habría entusiasmado con él cuando me acababa ocho o diez juegos al mes: ¿qué demonios le encontraba a combates en 3D con una detección de colisiones churrigueresca, en interludios sandbox que solo sirven para alargar artificialmente la vida de un juego?
Quizás soy yo, pero cada vez que un jugador se queja de que un juego no dura suficientes horas para el dinero que ha pagado, se me antoja un tarado sin remedio. La gente prefiere horas de relleno con mecánicas repetitivas y recursos sin imaginación que un buen zambombazo lúdico de veinte minutos a doscientos por hora. Supongo que son formas de plantearse los juegos. Quizás a mí me están dejando de gustar los videojuegos, no sé. De lo que sí estoy seguro es de que están dejando de gustarme los que le gustan a toda esa comunidad de gamers a los que cada vez, por distintas pero cada vez más abundantes y radicales razones, contemplo como a extraños.
Bienvenida al mundo de los juegazos.
Toda la razón del mundo en su artículo
Gracias, ya no me siento tan solo.
Justo hoy me ha dado una crisis videojueguil, tan habituales en mi en los últimos tiempos, que consiste en poner juegos cada 10 minutos, como un esquizofrénico, buscando algo que me enganche.
Y nada, no había manera. Ni Destiny, ni FIFA15, ni Watch Dogs. Hasta que he puesto Nuclear Thorne.
Bienvenido al mundo viejuno.
Pero es normal. No es el primer crítico de videojuegos al que le pasa.
Yo me di cuenta con el Geometry Wars… Prefería jugar a ese a otros triples AAA… El Trials también ha sido obsesión constante
Yo también estoy en las mismas. Los únicos «AAA» que me llaman son los que van a tope y/o son muy directos, como Bayonetta o Smash Bros. por decir dos que están al caer.
Y sí, juego que pasa de las diez horas, juego que ya me da algo de pereza. No digamos si se va más allá de la veintena.
Es que no hay tiempo material para hincarle el diente a tanto juego. Al final tienes que ser selectivo. Creo que también la edad nos hace ser mucho más selectivos que cuando eramos más jovenes. Es la impresión que tengo.
Por cierto, al Lufthausers no termino de pillarle el tranquillo. ¿Cómo se puede jugar con el teclado sin que no se vuelva loco el avión? Es imposible apuntar bien. Lo probé un par de veces y me pareció complicado de dirigir.