Un verano en «Mountain» (IV) – Ningún hombre es una montaña. O sí.

Mountain
2014
Mac/PC/Linux/iOS
David O’Reilly

No vamos a negar que la experiencia individual dentro de un universo sin dios y lleno de artimañas para raptar nuestra atención puede dejarnos, en ciertos momentos, muy exhaustos y desesperados, pero la verdad, tampoco me parece que una montaña con consciencia propia, así aguantándonos el pulso pendida en medio del cosmos de nuestra CPU, sea la respuesta que necesitábamos. David O’Reilly se me hace así de pronto una persona demasiado atormentada por la falta del sentido de continuidad de la vida moderna. Junto a estas 56 tabs que tengo abiertas en el navegador tampoco se está tan mal.

He abierto la montaña. Llevo aquí una hora y lo único mínimamente interesante que veo en ella es la pepita de oro que hay en la base, ahí, inalcanzable. No sé, David. ¿Esto va de que no podemos conocer el mundo tal y como es “en sí”? ¿Son estos los límites del conocimiento de los que nos advertía Kant en su Crítica de la Razón Pura? ¿De cuál es la diferencia en este caso entre lo que es y lo que debería ser pero…? No, espera un momento. Veo manchas en el cielo. Son unos píxeles lejanos, luminosos. Parecen neones. Igual son naves espaciales. Igual hay vida al otro lado. No sé si la montaña es un objeto observado desde un sitio privilegiado y más grande que este… no. Se han escondido detrás de las nubes. Los píxeles han desaparecido. Volvemos a ser la montaña y yo.

«You are a mountain – you are god». El paisaje es el contexto. Cuándo fue la última vez que te fijaste en el escenario de fondo. Vale, no sé si lo he entendido pero veo por dónde vas. La pepita sigue ahí. Menos mal. Se ha hecho de noche. Deben haber pasado quince días o así, si nos guiamos por los ciclos solares que conocemos, desde que empecé a jugar. Me he aburrido hace mucho de tocar melodías en teclado. No tengo ansiedad, pero empiezo a necesitar un propósito. Igual esto de la montaña es una cuestión lingüïstica. Saussure decía que todo mensaje está hecho de signos. Igual necesitamos tiempo para entender todo esto, para decodificarlo. Podría dejar el ordenador encendido durante los próximos días, mientras voy y vengo, y de vez en cuando vigilar qué le ocurre a la montaña.

Los píxeles han vuelto. Son pantallas suspendidas en el aire. Ahora se ven claramente. Son seis y se reparten entre ellas buena parte de los tonos cromáticos de la montaña. Son los mismos que están cuando haces zoom out completo, pero ahora se han acercado muchísimo, se han puesto a su alrededor como coronándola. Parece que están esperando algo. Cuando fue a presentar O’Reilly su juego lo describió como «psicológicamente más invasivo que nada de lo que Facebook quiera saber sobre usted». Quiero que esta montaña se muera.

He salido de casa y, como siempre, al llegar al andén de la estación abro la aplicación para saber qué tal van las cosas. Me pongo los cascos y miro la pantalla. Primero miro que la pepita siga ahí, y luego miro que siga en su lugar el paraguas, la espada y todo lo demás. Monty no parece asustada, sigue haciendo comentarios sobre la paz nocturna. La acaricio un poco antes de subir al tren. Al llegar a casa veo en la pantalla del ordenador ciertos píxeles encima del editor de textos. Tengo miedo de que sean sólo percepciones mías. Hay gente que dice que las montañas se mueren a las cincuenta horas de juego. Ninguna de las dos que manejo ha dado visos de consumirse y me pregunto si, en el fondo, me importaría tanto la destrucción de estos pequeños bonsáis autómatas de singularidad cero. Siempre puedo empezar otra partida. El ruido va a ser siempre el mismo. «You are god». Suena el viento y la lluvia de fondo en mi escritorio y noto la relajación de saber que, pese a todo lo que me suceda, no estoy sola.