«UnEpic» – La dificultad de pronunciar Castlevania

«UnEpic» – La dificultad de pronunciar Castlevania

UnEpic
2011
Francisco Téllez de Meneses
PC, WiiU

Afirmar que UnEpic no se toma en serio a sí mismo, lejos de ser una obviedad, sería arroparse en falsedades: UnEpic se toma en serio. Mortalmente en serio. Desde su mismo título, prometiéndonos fracasos lamentables —no sólo porque encarnar a un rolero jugador de Dungeons &a Dragons sea la anti-épica definitiva, sino también porque conoceremos hasta que punto se puede alcanzar cuotas de inepicidad—, no deja de recordarnos que nuestro sitio no es el del héroe, sino el del pringado que por razones desconocidas ha acabado asumiendo un papel que no es el suyo. La muerte acecha tras cada esquina y, a diferencia de la inexistente dificultad del mainstream contemporáneo, aunque morir no es natural como respirar (¡hola, Dark Souls!) sí es aquí una constante conocida. Conocida porque moriremos, mucho, hasta ir encontrando cuales son los límites del mundo; su jugabilidad es tan férrea, pero tan puñetera, que valiéndose de algo de lógica siempre se puede resolver como atravesar indemne cada uno de los retos presentes —a los no-muertos les hace más daño las armas contundentes, a las serpientes mejor ni te acerques—, o al menos intentarlo. Aquí hay reto, no paseo de épica aguada con gaseosa de dificultad descafeinada.

Si hablamos de jugabilidad, se hace necesario hablar de Clastlevania. Como heredero de las iteraciones modernas de la saga, donde la exploración prima sobre zurrarle la badana al sempiterno vampiro, nuestra constante se resume en buscar de forma metódica tras cada esquina en busca de ese último objeto por encontrar en cada habitación; también, como juego de referencias que afectan a las mecánicas, dan la vuelta al ejercicio clásico de la saga: aquí no vamos reventando candelabros sino encendiéndolos, ya que para ver y poder completar la exploración del 100% del mapa necesitamos entender todas las luces a nuestro paso.

Como clon de Castlevania, aún con su personalidad propia, es fácil adivinar que es lo que nos espera según asumimos los mandos del protagonista: explorar de forma metódica el castillo matando un jefe final en cada ala para desbloquear la siguiente hasta llegar al final. En el proceso, cometer un par de genocidios o tres. Su interés radica no ya en que su bestiario o escenarios sean interesantes, que el grueso son homenajes a diferentes referencias del género fantástico, sino en la solidez de su sistema: con los elementos justos de rol (puntos de carácter, misiones secundarias) consigue dotar al conjunto de una frescura que, si bien no es tal, al menos sí sirve para darle al conjunto suficiente solidez como para mantenernos, sin problemas, pegados a la pantalla. ¿Por qué nos mantiene pegados entonces si no aporta nada sustancial hacia aquello que ya conocemos? Porque hace muy bien aquello que ya conocemos.

Primero como tragedia, después como farsa, UnEpic se toma mortalmente en serio —decíamos antes de fijarnos en esa hermosa forma de morir que tiene nuestro avatar. En serio como para considerar que, en un juego donde encarnamos la antítesis del heroísmo poseído por un espíritu maligno que no puede controlar ni salir de su cuerpo, debemos considerarlo como una partida de rol con porros y litronas: sólo cabe el esperpento. Cada objeto, monstruo y misión está teñida de un humor tirando a grueso, partiendo del ABC de la cultura pop churretosa —aunque con alguna referencia más ignota, siempre las menos— con algún toque escatológico en algún grado, dándole un toque distintivo a la aventura; no más muecas de Juez Dredd de mano de los infinitos Belmont: ahora, se parte del jolgorio.

Humor grueso, novedades pseudo-roleras, diálogos eternos que no pueden pasarse rápido sin saltarse que tampoco son Shakespeare como para querer oírlos declamar y un sistema heredero de Castlevania sólido como ni siquiera muchos juegos oficiales de la saga pueden aclamar tener. Rareza encantadora; no darle una oportunidad, no quererlo incluso a pesar de lo burdo que son sus chistes de pollas en ocasiones, quizás no nos haga infames pero sí nos haría un poco peores jugadores.