Un proyecto en Kickstarter que nos parece muy bien

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Ah, el artisteo. Cómo es él. La creación de obras plásticas basadas en videojuegos siempre es discutida, venerada, comentada, difundida o sobredimensionada, a veces según el viento que sople, a veces según quién esté soplando. Mi opinión ha permanecido invariable con el paso de los años, y puede aplicarse a dioramas, a lladrós, a películas de alto presupuesto o a salvamanteles: un motivo extraído de un videojuego (sea un personaje, sea un escenario, sea la traducción de una mecánica) siempre funciona porque siempre falla.

Es decir, siempre funciona porque demuestra que no tiene sentido fuera de un videojuego. Nuestro ejemplo favorito siempre ha sido y siempre será Pac-Man y los infaustos esfuerzos de quienes lo han plasmado gráficamente por darle sentido a su abstracto diseño original, quizás el más sintético que nunca ha tenido un personaje antropomorfo de un videojuego. Una puta boca, como hemos comentado otras veces. Ni ojos, ni dientes, ni pies ni manos ni sombrerito tirolés, todo eso llegó más tarde. El primer Pac-Man solo es boca y funciona, precisamente, porque su función en el juego es exclusivamente la de comer puntos o comer fantasmas, si tenemos suerte. Y cuando se acaba la comida cambiamos de laberinto. Y funciona por lo que todos ya sabemos: en un videojuego (bueno) la acción es la narrativa, y mientras haya algo que hacer, hay algo que contar (y no a la inversa, ¿EH, MODERNOS?).

Otras artes plásticas funcionan de forma distinta, y salvo -ismos y experimentación, el contexto es una necesidad y la caligrafía distintiva del artista, tan difuminada bajo las frías necesidades tecnológicas del píxel y el polígono, casi una exigencia. Los videojuegos colisionan de frente con otras formas de expresión y el resultado es doble: por una parte, el videojuego se reafirma en su unicidad; por otra, el resto entra en una especie de vibración bastarda que las confunde de una manera muy singular.

Everyday is Play. A Celebration of the Videogame es otro libro recopilatorio de pinturas, esculturas, fotografías, modificaciones de hardware, diseño gráfico, haikus y slogans relativos a los videojuegos, como tantos hemos visto con anterioridad. No tiene nada de especial, salvo que es nuevo y la calidad de sus aportaciones, por lo que hemos podido ver, es indiscutible. ¿Por qué uno más? Ah, amigos: porque la materia es inagotable. No sé quién se cansará de contemplar durante horas un complejo decorado esculpido a pixelazos por Eboy, pero nosotros desde luego no. La bidimensionalidad obligada del papel, sin efectos ópticos ni trampantojos digitales en primera persona, no resta, sino que aporta una nueva dimensión al grafismo de los juegos, y por manida que esté la plasmación impresa de los videojuegos gráficos en la estética del óleo, del grafitti o del aerógrafo, no nos cansa. Así que dadle vuestro dinero a esta buena gente.

 

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