Starseed Pilgrim
2012
PC
Droqen & Renton
Un buen día abrí mi librería de Steam y allí estaba. No supe ni cuándo ni por qué lo compré, pero me encontré con él. Fue como enfrentarme a The Cabin in the Woods —y no simplemente por cohabitar un universo de cubos—, desnudo de prejuicios. Un poco como el juego: la primera media hora derivó en un abrir y cerrar la ventana emergente donde se ejecutaba el juego, hasta que entendí eso de sembrar semillas, que entre ellas mantenían un comportamiento específico, sin oportunidad de elegir, sin más opción para avanzar. Y tenía que espabilar si quería sobrevivir más de cinco minutos.
En Starseed Pilgrim somos el niño de las estrellas, un principito que huye sin argumentos de agujeros negros y demás jalea oscura. Alex ‘Droqen’ Martin y Ryan Roth (programador y músico respectivamente, pareja inseparable desde su anterior Asphix) juegan con nuestra percepción sensorial con apenas dos recursos: nos plantan ante la inmensidad del vacío en un lienzo en blanco que, como la hoja de una primera novela, se antoja harto confusa. Debemos sembrar dispares semillas para hacer crecer una estructura con la que escapar de un bálago hediondo, aquella Nada de la novela que catapultó al éxito a Michael Ende, mientras observamos como engulle a ritmo lento pero constante cada uno de nuestros preciados bloques/composición. El segundo recurso es una banda sonora plagada de drones incombustibles, el reverberante murmullo de la oscuridad que de vez en cuando se apiada de nosotros y guarda un silencio neurálgico, mientras nuestro jardín cuántico florece con acordes benevolentes.
Morir es fácil, parte del aprendizaje. Una vez caemos en la oscuridad, se nos muestra la otra cara de la moneda, la no-materia oculta tras esos colores amigables estilo tetris. Como los anticubos de Fez, el mundo de los muertos guarda llaves con las que escapar del puzle y en este punto, el juego nos retrotrae a las aventuras de mazmorras laberínticas, a roguelikes pretéritos, dándose una segunda oportunidad, casi siempre funesta. No obstante, el juego quiere ser superado, invita con una mecánica simple –que no idiota- a ese avance en guardia que suponen muchos indies minimales; pero no regala nada. Cada vez que me encerraba a mí mismo por un uso indiscriminado de las pocas semillas que me daban, sentía que podía hacerlo mejor. Y mientras descubría pequeños versos flotando entre las pantallas, los bloques corrompidos me recordaban con su asedio que Starseed Pilgrim habla de sembrar y descubrir, no de recolectar. Para lo bueno y para lo malo.