Sir Fred
1985
ZX Spectrum (versión comentada), Amstrad CPC, MSX
Made in Spain
Recuerdo muy a principios de los 90, cuando aquí en España estábamos aún enterándonos de que los 8 bits estaban muertos, que un amigo mío me invitó a casa para enseñarme su nuevo y flamante PC. La pujante máquina pronto dejaría atrás las antaño impresionantes Amiga y Atari ST para convertirse en la plataforma dominante en el sector de los ordenadores domésticos. Uno de los juegos que me enseñó para ponerme los dientes largos fue el Monkey Island. El otro fue un juego de plataformas cuya principal virtud consistía en que su protagonista se movía como los ángeles. Me puse al teclado y vi cómo aquella elegante figura podía correr, saltar con un estilo atlético, caminaba con precaución, se descolgaba de peligrosas cornisas e incluso se dejaba llevar por la inercia antes de cambiar de sentido o detenerse por completo. Prince of Persia, el Príncipe de Persia nada menos. Unos gráficos un tanto desangelados, pero… ¡menudo movimiento! No había visto nada semejante desde…
¿Sir Fred?
Reconozco que no supe valorarlo a primera vista. No vi su esbelta figura, más bien una enorme nariz y una silueta nada atlética, compuesta por unos cuantos píxeles de mi ZX Spectrum. Su andar no parecía elegante, casi resultaba un castigo vencer esa inercia que en el Príncipe de Persia resultaba tan natural. Aquella nube… ¿la recordáis? Saltar a aquella nube en pos de una mísera palanca resultaba un dolor de muelas. Coger desde el balcón la velocidad precisa, saltar a la cuerda y balancearnos con el impulso adecuado… Me invadía la desesperación ante tanta resistencia a ser controlado. No, Sir Fred y yo no nos gustamos a primera vista. Tuve que retomarlo tiempo después para apreciar lo que Fernando Rada, Carlos Granados, Camilo Cela y Paco Menéndez hicieron con este programa. Porque todo nació así, precisamente: ¿qué es todo lo que un personaje de videojuego puede hacer?
Podía correr y saltar, y cuanto más rápido se movía más lejos se impulsaba. Nadaba, por supuesto, con un estilo sacado de los dibujos animados. Se balanceaba en cuerdas, se agachaba, podía subir y bajar escaleras. Trepar por cadenas o estandartes. Encendía bombas, y podía usar su arco. Desenrollar cuerdas y sortear con ella grandes desniveles. ¡Se batía en duelos de espadas! Oh, no bebía pócimas. Bueno, había un borracho en una balsa que le daba cosa fina, sí.
Sobre Sir Fred de Persia construyeron los chicos de Made in Spain unos cuantos puzles ingeniosos y todo un castillo con sótano y princesa incluida. Les parecía poco: encima, la forma de acabar el juego debía variar según la partida. Lo de los desarrollos lineales sonaba feo, mejor inventarse varios finales posibles. Cada pantalla era un escenario único, no una mera parte del todo: el jardín, la cuadra, el paso levadizo o la sala del mago. Decenas de pequeños cuadros medievales ochobiteros de hermosa y entrañable factura por los cuales campar a nuestras anchas. Una aventura en la que tocaba asimilar lo novedoso, igual que nos tocó entender que un Mario podía funcionar en tres dimensiones. Crear en un ordenador de 8 bits semejante proeza demanda una cierta indulgencia por el hecho de que al bueno de Sir Fred le costara un poco mover su culo. Pero una vez en marcha la recompensa era enorme. Histórica. Nada menos que mojarle la oreja a Jordan Mechner: nosotros teníamos nuestro propio Prince of Spain, y sin tanta rotoscopia.