Kung-Fu Master
Irem
Arcade
1984
Desde el momento en el que jugué por primera vez a esta máquina (y jugué desde muy temprana edad, oh sí), me fascinó su perspectiva perfectamente lateral, su ridículo ritmo procesional que impedía un acercamiento de los enemigos al héroe más que de frente y por la retaguardia. Sin subterfugios, sin posibilidades más allá de la frontalidad suicida o la desnuda traición absoluta (que para el espectador no es tal debido a su privilegiada posición a este lado de la cuarta pared). Esa carencia de profundidad daba al juego una honestidad que cerraba el círculo de referencias que ponían en pie su mitología iconográfica: tanto el título como la ambientación en una difusa época de la China más o menos moderna, como el título original del juego (el japonés Spartan-X, referencia al peliculón de Jackie Chan paradójicamente ambientado en Barcelona y que aquí se tituló Los Supercamorristas) como, en fin, la auténtica referencia fílmica del juego, la inconclusa y mítica Juego con la Muerte de Bruce Lee. Es decir, la honestidad de la hostia seca, ejemplificada también en las soberbias instrucciones de la versión japonesa, suavizadas en Occidente: «Rescue girlfriend – hit people».
Esa claridad de planteamiento es el germen del primer beat’em-up de la historia, quizás el género más honesto del medio junto a los matamarcianos, y queda iconográficamente reflejado en un juego que solo permite avanzar, avanzar, avanzar y abrirse paso con dos botones de acción: patada y puñetazo. Como en el futuro Mortal Kombat (aunque en ese caso, por otras razones), el juego decide incluir la posibilidad de saltar entre los limitados movimientos del héroe, pero es un movimiento solo aconsejable para esquivar los cuchillos y las víboras que evolucionan a la altura de los tobillos, que son unos cuantos. Para todo lo demás, patada y puñetazo, en una claridad expositiva que, insistimos, desnuda de excusas y monsergas a un juego tan puro que aún hoy resulta hipnóticamente fascinante.
Como tantos otros juegos clásicos, Kung-Fu Master acumula todo su magnetismo actual en su desafiante simplicidad, impensable hoy, pero violentísima a causa de su desnudez. Observo juegos de la época una y otra vez, juego a ellos durante horas, y me gusta detectar qué les encuentro que me encandila tanto. De Pac-Man, por ejemplo, es la complejidad narrativa y mecánica que posee sin necesidad de un botón de acción, solo con el movimiento. De Donkey Kong, las frenéticas ondas de movimiento zigzagueante. Y en Kung-Fu Master, me doy cuenta tras una nueva ración de partidas, su grafismo pseudo-egipcio, sin profundidad, que da pie solo al enfrentamiento con infinitos esbirros que vienen de derecha e izquierda, pero con un ritmo y una teatralidad que lo diferencia de tantos otros beat’em-ups y juegos de plataformas. Kung-Fu Master está orgulloso de la imposibilidad de sus tres dimensiones, y eso reduce su joystick con solo dos movimientos a una cuestión casi metafísica.
La música de este juego era mítica e inolvidable.