«Lego City: Undercover» – Crítica

lego-city-underground-wii-u-nintendo-27

Lego City: Undecover
TT Fusion
WiiU

Al poco de descargar mi copia de Lego City: Undercover, recibí un mail de Nintendo con una extensísima encuesta donde se me preguntaba, a grandes rasgos y sin entrar en honduras, qué hacía un chico como yo con un juego como este.

Tras las preguntas iniciales sobre mis géneros favoritos vinieron otras sobre las series Lego propiamente dichas (que si cuáles conocía, que si en cuántas me había dejado dineros), y cuando ya parecía que íbamos acabando, llegó una que luego ha pesado durante toda mi partida a Undercover, volviéndome a la cabeza una y otra vez porque creo que de su respuesta depende ese discurso de juego-bien-pero-infantil-pero-bien-pero-de-niños-aunque-mola-eh que prensa y jugadores hemos estado sosteniendo desde prácticamente la primera entrega. La pregunta, un poco en paráfrasis, venía a plantear algo como esto: «Aparte de los videojuegos basados en las figuras, ¿cuándo ha sido la última vez que has jugado con juguetes de Lego reales?»“”

Y, claro, ahí está la madre del cordero.  Esa es la pregunta desde la que se explica todo.

Aunque llamemos jugar a esta afición nuestra, y por mucho que lo hagamos con cierto cariño, lo cierto es que el juego nunca ha sido una actividad muy respetada entre adultos. Aún hoy, al adulto jugador se le considera en informativos y cenas navideñas como poco más que un adolescente con hipoteca, un pobre inocentón que de alguna manera se las ha ingeniado para llegar a (pongamos) los treinta habiéndose saltado un par de lecciones importantes sobre lo que es la vida. Esa imagen del jugador pueril es la que anda detrás de que se describan como “maduros” los juegos de marines grandilocuentes con pistolas del calibre de la taza del váter. Peor aún, es la razón de que prensa y publicistas  se desvivan para justificar que un juego con cielos azules pueda interesar a alguien que haya nacido antes del cambio de siglo. Incluso a los jugadores parece que nos da reparo esto de jugar: se valoran los títulos que se distancian del concepto, somos paternalistas con los que no.

Y sin embargo, los juegos Lego nunca han renegado de su condición de juguetes. Cada videojuego ha venido acompañado del lanzamiento de su respectiva línea de figuras. Cada escenario, cada mecánica, ha sido concebida para ser resuelta por quien haya a mano, pero salta a la vista que pensando en el combo niño-adulto como la colaboración ideal.

LEGO-City-Undercover-3

Puede que por esto la serie haya sido descrita casi siempre en términos condescendientes, ese «está muy bien, pero bueno, ya sabes» que dice más del crítico que del juego en sí. Sin embargo, y aunque la calidad general de la serie jamás ha sido puesta en duda, también es de recibo admitir que algunas entregas han quedado más deslucidas que otras. El que su público objetivo sea infantil impone condiciones que casi siempre se han resuelto con elegancia, pero que con el paso del tiempo han acabado por fosilizando la fórmula. Y cuando ya hasta los compradores habituales nos habíamos resignado a ver la serie Lego como una familia de franquicias cómodamente establecidas, con sus dos lanzamientos multiplataforma anuales de factura correcta pero sin estridencias, cuando ya nadie esperaba sorpresas, sin aviso y por la espalda, le ha dado por evolucionar.

¿Al juego maduro?

Ni mucho menos, al juguete de siempre. Solo que más.

Ahora que no hace falta afilarle una arista a la franquicia de turno para que pueda encajar en las mecánicas es cuando Lego se ha hecho más Lego. Por muy atinadas que fuesen sus representaciones de Batman, Indiana Jones o Harry Potter, las piezas de los infinitos modelos de figuras Lego han sido siempre compatibles entre sí porque el verdadero espíritu de la casa no está en la reproducción irónica del modelo (que también hay de eso), sino en el mestizaje sin escrúpulos. Guardar en la misma caja piezas de una estación espacial, una granja y un barco pirata juntas y revueltas, para sacar de ahí, según se tenga la tarde de tonta, desde un castillo medieval a un belén navideño o un escrache en pleno Serrano. Eso es Undercover: frente a los sistemas cerrados de anteriores entregas, un revuelto de piezas cada una de su padre y de su madre, conviviendo descontextualizadas pero de forma orgánica, inesperadamente coherentes. Por eso, en Lego City conviven gorilas antropomórficos, payasos y gánsters, te cruzas con ellos mientras discutes con una versión desmontable de Colombo camino de un hotel de lujo con acceso permitido a caballos de carreras, y al volver a casa por la noche, puedes parar en una granja del extrarradio donde nunca esperarías sacar partido a tu recién desbloqueado traje de astronauta. Y sacárselo, aún así.

lego_city_undercover_dinosaur

En medio de este despliegue exhibicionista de espacios y figuras, las mecánicas de construcción potenciadas al máximo. Undercover premia la destrucción indiscriminada, la conducción salvaje, el puñetazo ciego. Cada objeto que reducimos a escombros es materia prima desde la que edificar puentes, garajes, maquetas, parques de atracciones que permitan avanzar en el modo historia o sencillamente afinar nuestra eficacia cuando arranquemos nuestra siguiente orgía de destrucción. Y porque cada acción conlleva una recompensa (y aquí se considera acción ver una cinemática, háganse una idea) tan importante es lo que el juego da como lo que de ninguna manera piensa regalarte. Hay infinitos objetos golosos repartidos en cada esquina de la ciudad, muchos disponibles directamente, otros a medida que se desbloquean disfraces. A los más interesantes solo se llega después de mucha prueba y error.

Sobre todo error.

Que la fórmula Lego se abra al sandbox no es una huida hacia delante ni una renovación a la desesperada, es su desembocadura natural. Y TT ha sabido llevar esa transición  con elegancia al interiorizar las lecciones de GTA desde el tronco que ambas tienen en común: el amor por la parodia. Desde ahí, Undercover desarrolla situaciones, mecánicas y ritmos inéditos en los juegos de la familia Lego sin llegar a desnaturalizarse; sin dejar de ser nunca un juego inocente, sin perder de vista esa blancura marca de la casa, crece para apelar en condiciones al adulto que haya sabido hacerse mayor sin avergonzarse nunca de tener ganas de jugar.

Lego City Undercover es tu juego favorito de cuando tenías ocho años, solo que te lo has encontrado a los treinta y tantos. No pasa nada, te aseguro que eso no va a hacer que te guste menos.

2 opiniones en “«Lego City: Undercover» – Crítica”

  1. Genial, la crítica en la que no se cuenta nada lo que hablan las demás críticas.

    Muy identificado con lo de las lecciones perdidas de la vida, que grande!

    PD: En mi caso los sobrinos son una bendición en esas reuniones 😛 poder hablar con alguien de juegos de DS cuando empieza la sobremesa política no tiene precio.

    Muy bueno el texto, pero además has clavado las sensaciones que me ha transmitido el juego.

  2. Gracias, el otro angel, se hace lo que se puede!

    Aquí en Mondo Píxel tenemos mucho aprecio por las licencias infantiles, las exploitaition de superhéroes y en general los juegos con pinta de sacacuartos terroríficos. Muy a menudo son la purria que parecen, pero nadie les presta atención y a veces esconden sorpresas que pasan inadvertidas. Aún recuerdo la cara que se me quedó jugando a Toy Story 3, el mejor sandbox de su año y al que casi nadie hizo el menor caso.

Comentarios cerrados.