No es necesario estar loco para leer este análisis (pero ayuda): por qué no me ha gustado Alice Madness Returns

Mira que ha tenido adaptaciones la Alicia de Lewis Carroll, de las buenas, de las peores y de las de querer abandonar toda forma de ocio cultural y retirarse a la montaña a meditar. Pero mientras que las malas lo son cada una a su manera, hay un rasgo que hermana las buenas entre sí y a estas con el original: tener meridianamente claro que una versión del clásico que quiera ser memorable no se conforma con poner a correr a la protagonista de escena en escena a través de un mundo más o menos desquiciado, más o menos inquietante. La adaptación que vaya a por todas, la que aspire a dejar cicatriz en quien llegue de nuevas y a ahondar en la herida de quienes ya conocemos el percal, necesita sobre todo ingeniárselas para enredar en el lenguaje del medio que la acoge, entenderlo no solo como el vehículo que contenga la historia sino como la razón de ser de todo lo que importa.

Orugas con narguile, meriendas chifladas y turbias lecturas sobre sexo y drogas aparte, lo más sugerente de la Alicia original sucedía siempre en las fronteras de lo que el lenguaje escrito da de sí. Aquí no hablo de las coordenadas del género infantil ni de los jardines en los que Carroll pudiera meterse al implicar según qué cosas en semejante marco (que también), me refiero sobre todo a cuando rimas y alegorías apuntan a direcciones imposibles, a conceptos sobre los que no se puede hablar no por censuras de dentro o de fuera, sino porque las palabras para hacerlo sencillamente no han sido inventadas. Alicia abre caminos que no se recorren agarrados a la mano de la lógica y la coherencia, y es ahí donde el lector siente que le quitan el suelo bajo los pies, es ese el motor de su locura infecciosa tan característica. Quienes creemos que Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo son obras intraducibles no lo decimos porque en español o alemán no exista la palabra «gato» o porque «Cheshire» sea un lío de escribir, con tanta letra suelta. Son intraducibles porque los conceptos detrás de las palabras (siempre jugando por la banda, siempre buscando una grieta por donde escapar) apenas están realmente expresados en su idioma original. Y al mismo tiempo, por esa necesidad de apurar con mimo el lenguaje hasta cuadrar el menor matiz, por ese esmero en expresar lo inexpresable, no podrían estar más en inglés.

Pero yo he venido hoy a hablar de videojuegos, que como pasó antes con las películas y los libros ilustrados, no solo van a necesitar ponerle una cara al jabberwocky sino también forzar sus propios códigos para que este pueda encajar.

El primer reto,  representar estéticamente lo inquietante y escurridizo de la locura, es más difícil de lo que parece en un medio donde el patrón de muestra lo forma una familia de fontaneros disfrazados de mapache que luchan en guerra eterna contra dinosaurios que viajan en barcos voladores, pero Madness returns consigue salir del paso con inteligencia. Como los videojuegos no tienen mucha tradición a la hora de reflejar lo cotidiano (aunque algún título habrá por ahí de darle un beso a tu mujer, coger el metro y estar en el trabajo a la hora), Spicy Horse no construye un mundo real naturalista que sirva de contraste con Wonderland, sino uno todavía más incómodo y desquiciado, un infierno del que escapar a la carrera aunque eso suponga salir del fuego para caer en las brasas.

De la misma manera, el País de las Maravillas es ahora un espacio sórdido poblado por habitantes aún más obsesivos y perturbados, tan inhóspito como el otro pero donde al menos no se está indefenso. El diseño de personajes se ceba en liebres y sombrereros retorciéndolos hasta deshumanizarlos definitivamente, y aunque algunas decisiones son difíciles de justificar (¿a santo de qué han convertido al lirón en un emprendedor-generador-de-empleo?), el conjunto funciona de puro enfermizo. Imagino que habrá más gente como yo que prefiera un Sombrerero de aspecto engañosamente inocente antes que esta pesadilla steampunk con pinta de venir de matar a su madre, pero gustos aparte el diseño general de espacios y personajes resulta inquietante incluso para quienes ya los tenemos por muy vistos. Y dar un nuevo ángulo desde el que disfrutar algo que a uno ya le gustaba de buen principio es un gran BIEN que hay que agradecerle a McGee.

El problema surge en cuanto nos ponemos con las mecánicas: Madness Returns es un plataformas de sota caballo y rey que se desarrolla de principio a fin sin una sola salida de madre, lastrado por una cámara que siempre apunta al último lugar donde a uno le interesa mirar y con un combate aparatoso a pesar de la ensalada de armas disponibles. Pese al despliegue de imaginación en el diseño, Madness Returns no parece haberse dejado ni una sola idea nueva para el juego en sí: los escenarios parecen pensados más para resultar desconcertantes que para ser transitados, y aunque las habilidades de Alicia son vistosas, desplazarla de aquí para allá pronto deja de ser el aliciente para seguir jugando y se convierte en un peaje a pagar por quienes queremos ver las canalladas que le habrán hecho al resto de la mitología de la serie.

Madness Returns es un juego interesante en lo visual, sí,  pero que se deja encajar perezosamente en las convenciones de su género cuando debería intentar volarlo por los aires, y por esa desgana, a pesar de sus virtudes, está bien lejos de que se le pueda considerar una adaptación digna. La Alicia de American McGee, como la de Burton, como la de otros tantos que lo intentaron de buena fe y como mucho se quedaron a medias, no se atreve a  lidiar con el espíritu anárquico y metanarrativo de Carroll, no tiene nada que decir sobre el medio en sí ni le interesa inquietar más allá de sus aspectos más externos. Es un título donde de vez en cuando sale un gato que desaparece y hay un tipo con un sombrero enorme al que le gusta mogollón el té, pero no una Alicia verdadera. La que únicamente parece inocente e infantil cuando se la mira de lejos, la que solo puede contar su historia atomizando su significado hasta que no quepa posibilidad alguna de lograr una interpretación coherente.

La que te deja sin palabras.